Ando en la lectura estos días de ‘Los fantasmas del Everest’, un libro que relata la historia de la expedición, en 1999, de Jochem Hemmleb, Larry Johnson y Eric Simonson hacia la montaña Chomolungma en busca de los cuerpos de Mallory & Irvine, dos alpinistas hijos de la Pérfida Albión que, y para no destrozarle a nadie el final de la historia, ¿alcanzaron definitivamente la cumbre del Everest en esa expedición de 1924, casi 30 años antes de que lo hiciera el sherpa Norgay acompañado del neozelandés Hillary? [Qué manía, Dios, de situar en todas partes y en primer lugar, con esa amenazante soberbia, al occidental antes que al local].

De la lectura, en momentos exquisita en detalles técnicos sobre la propia ascensión de la expedición entremezclados con la reconstrucción gracias a cartas y notas sobre la ascensión de 1924, sobresalen ejercicios personales de una tremenda filosofía de cómo encarar la vida, de los miembros del equipo tales como este realizado por Politz en una de las subidas para aprovisionar los campamentos de altura por el Cuello Norte hacia el campamento IV:

‘El primer tramo del collado es un ejercicio de supervivencia bajo tortura. Sucede que no me he aclimatado lo suficiente y no estoy preparado. El collado está tan lejos, y es tan difícil la subida y tan fácil el descenso. No consigo avanzar al ritmo que me gusta y me siento hundido en la miseria. Luego, recuerdo que el budismo cree que el deseo es la causa del dolor. Es mi deseo de escalar a un cierto ritmo para alcanzar cierta metas y mi incapacidad para satisfacerlo el que está creando mi tortura. Me relajoy encuentro un ritmo de escalada; respirar y guardar el equilibrio se transforma en una especie de meditación. Me olvido del deseo y la vida deja de ser una carga para transformarse en algo más placentero. Llego sin darme cuenta arriba del collado y me siento traspuesto ante la vista, límpida y sin nubes, de la arista nordeste y de la pared norte del Everest’.[1]

Ayer, mientras daba cuenta de párrafos de este calibre no podía dejar de mezclarlos con mis aficiones, con mis objetivos, con mis pensamientos y sensaciones. Me veía en el kilómetro 35 de cualquier maratón intentando mantener la cabeza fría para olvidarme del sufrimiento y transformarlo en placer, en el placer de correr por correr. Debo dar las gracias a que puedo correr. Sin embargo ayer la lluvia me hizo quedarme en casa, el cuerpo dió órdenes al cerebro y este obedeció sin rechistar.

Próximo objetivo: Maratón de Benidorm, 25/11/2007 a intentar disfrutar de los kilómetros y la compañía.

[1] Extraido, sin autorización, de ‘los fantasmas del Everest’ Editorial Plaza y Janés.
Foto de Noel Odell,en la que se observa a Mallory e Irvine momentos antes de salir hacia la cumbre.
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5 comentarios sobre “

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  1. Iván en primer lugar me alegro de que hayas recuperado el blog y compartas una ínfima parte de lo que te bulle por el cerebro.Por otro lado, acojonante el parrafo que has extraído y muy bien traído.Suerte en Benidorm… envidia me dáis.

  2. Podría copiar el comentario de Dani y ponerlo aquí porque coincido 100%. El caso es que tengo que decírtelo: preciosa reflexión sobre lo que es una actitud ante la vida. Gracias por compartirlo.Al final…¿qué vas a hacer en Benidorm? jajaja.Un abrazo, amigo 🙂

  3. Muchas gracias Ivan por esta cita, me ha encantado.Me quedo con esta parte en el kilómetro 35 (la modifico jejeje) “Me relajo y encuentro un ritmo; respirar y guardar el equilibrio se transforma en una especie de meditación”Suerte en Benidorm ;).

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